miércoles, 20 de febrero de 2013

Despojo, robo y desarrollo


El despojo, la apropiación ilegítima y la exclusión han sido una piedra angular de los modelos de acumulación que han imperado en la República Dominicana desde la implantación de la economía azucarera a finales del siglo XIX hasta inicios del XXI. El episodio reciente de las tierras fraudulentamente tituladas en Pedernales y la legitimación de ese fraude por parte del Gobierno no es más que una reiteración de lo que siempre se ha hecho. El argumento de que se trata de impulsar el desarrollo en esos territorios es el mismo que se ha usado por siempre para quitarles lo que es de muchos y muchas, y dárselo a unos pocos. La diferencia es que ya hay historia, hemos aprendido, hemos conquistado espacios para el accionar ciudadano y tenemos mayores posibilidades de resistir con éxito.

El despojo de tierras fue el instrumento por excelencia usado para imponer el modelo azucarero a finales del siglo antepasado. Numerosas familias campesinas fueron expulsadas de sus tierras para dar paso a las grandes plantaciones de azúcar. El engaño a partir de títulos y escrituras falsas fue común, así como la quema de archivos para facilitar las apropiaciones.

Pocas décadas después, durante la época trujillista, el dictador impuso un inédito proceso de acumulación y concentración personal y familiar de riquezas, tanto agraria como industrial, poniendo el Estado a su servicio. Como en Pedernales y el turismo hoy, para el apuntalamiento de sus empresas industriales se argumentó la necesidad de progreso del país. Utilizó la fuerza de la ley y del Estado para obligar a la población a comprar los productos que sus empresas producían, y se convirtió él mismo en proveedor importantísimo del Estado. Igualmente, se usaron los recursos del Estado para crear empresas industriales (o para sanear las que estaban en problemas). Luego, el dictador se apropiaba de ellas o las (re)compraba a precios viles.

A la caída de Trujillo y la emergencia de las políticas de industrialización, el nuevo sector manufacturero creció en parte gracias a las transferencias de riquezas públicas y la exclusión de la mayoría. El control de los precios agrícolas en desmedro del campesinado, el control de los salarios para asegurar beneficios a las industrias en perjuicio de trabajadores urbanos, el robo de energía eléctrica, y el uso de las riquezas creadas por los ingenios estatales y de los productores pobres de café y cacao en forma de divisas baratas fueron cruciales para la expansión industrial y la reconcentración de riquezas.

Por último, el modelo de zonas francas y turismo se cimentó sobre las mismas bases excluyentes en la medida en que su competitividad se basaba en los bajos salarios, el subsidio público derivado de las amplias exenciones impositivas y de la provisión de infraestructura, y en la apropiación de facto de los recursos costeros.

Una vez tras otra, en nombre del desarrollo, se robó riqueza natural, recursos de todos y trabajo ajeno para ponerlo al servicio del enriquecimiento de unas pocas personas mientras el desarrollo de la gente se quedaba en la sala de espera.

El robo y el despojo al Estado no han sido ni serán una base sana para el desarrollo incluyente porque ellas mismas son acciones excluyentes. Súmele a eso un modelo de desarrollo turístico con una marcada vocación depredadora de los recursos naturales, porque el Estado ha estado ausente y no defiende el capital natural que es de todos y cuya protección podría garantizar que lo podamos seguir usando y disfrutando a largo plazo.

No debemos permitir que se siga repitiendo la historia de depredación de lo público para beneficio individual en nombre del desarrollo y del combate a la pobreza.

El desarrollo de Pedernales y de su gente pasa por sancionar el robo del que ella misma ha sido víctima, por devolverle el 100% de sus recursos, y por impulsar las actividades económicas preservando su riqueza natural.

Esto no es “teoría”, es una solución concreta harto probada para no repetir el “tumba y quema” del modelo turístico prevaleciente, para no seguir perpetuando la exclusión de la mayoría, y para imponer el tan ansiado estado de derecho.

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